sábado, 5 de abril de 2025

lunes, 31 de marzo de 2025

¿Fue real la fuerza del primer carlismo?


 

1) La gestación del carlismo

Siguiendo cronológicamente con el avance del primer carlismo en el siglo XIX, veremos qué ocurrió en España desde la muerte del Deseado, el rey Fernando VII, último rey absoluto de la historia de España.

Los últimos diez años de su reinado, convierten a la España fernandina en una conspiración múltiple y a veces confusa, en la que los liberales clandestinos y perseguidos, los absolutistas partidarios del monarca y los ultra realistas partidarios de su hermano Carlos, se enfrentan abiertamente en un tenso equilibrio de poder.

Lo cierto es que, ya para el final del reinado fernandino, en 1833, los acontecimientos se precipitan en torno a la figura de Carlos; tras el nacimiento de la hija del rey, la futura reina Isabel, Carlos María se niega a jurarla debido a lo cual es desterrado de la corte española en abril de 1833 y se forman de manera más o  menos clandestina agrupaciones y juntas en torno a la figura del hermano del rey, que ya empiezan a denominarse abiertamente carlistas y a jurar en nombre del futuro Carlos V, llegando incluso a preparar planes de acción para cuando Fernando fallezca.

Un ejemplo de ello es un “Borrador de un oficio remitido por la Junta Gubernativa Provisional de la Provincia de Castilla la Vieja a los comandantes de Voluntarios Realistas relativo a las medidas a adoptar tras el fallecimiento del rey Fernando VII del año 1833”, encontrado en el Archivo Histórico Nacional, y fechado en Burgos el 6 de octubre de 1833;

 “La Junta Gubernativa Provisional de Castilla la Vieja, autorizada por el Señor Infante D. Carlos María Isidro de Borbón hoy legítimo rey de las Españas e Indias, pasa a proclamarlo como tal Soberano en el caso de la muerte de su Augusto Hermano, y toma las medidas oportunas a fin de impedir el triunfo del partido revolucionario que se ha apoderado del gobierno y que intenta usurpar el trono por medios tan violentos como ilegales.

Habiendo recibido la noticia oficial del fallecimiento del Sr. D. Fernando VII, y deseando cumplir la voluntad de S.M.  el Señor Don Carlos V;

Primero, luego S.M. reciba este oficio,  asumirá usted la fuerza armada de Voluntarios Realistas de su mando.

Igualmente, ocupará usted todos los fondos públicos que hubiera existentes en su Distrito, llevando siempre la cuenta y razón. 

Ejecutando cuanto se previene en los artículos anteriores, dará usted los vivas en honor del legítimo soberano, el Señor Don Carlos V, y en seguida se pondrá usted en marcha para esta capital, conduciendo a las personas, los fondos públicos y los caballos que hubiera recogido, dejando en la ciudad o villa cabeza de Partido un destacamento, si usted lo estima necesario, para sostener la tranquilidad pública”.


Suponemos que ordenanzas y previsiones como la citada de la junta gubernativa se fueron preparando en secreto a finales de año para garantizar el aun en cuestión trono de Carlos María Isidro, debido a lo fresco del pleito dinástico con Isabel II y que daría inicio a las llamadas guerras carlistas.

Durante décadas, la historiografía liberal ha presentado a este primer carlismo, el de 1833, el de Carlos María Isidro, como un mero reducto rural, vasco-navarro,  sin la menor importancia y sin que supusiera el menor peligro para el estado y para el sistema liberal. Pero, ¿fue realmente así? ¿Tuvo el estado liberal isabelino en todo momento la tranquilidad y la seguridad de no verse directamente amenazado en ningún momento por la denominada “facción” carlista?


2) Las primeras expediciones

Una vez estallada la guerra carlista en 1833 a la muerte del rey Fernando y con la proclamación del Rey Carlos V, ambos bandos se movilizan. El gobierno liberal de la Regencia en nombre de Isabel II despliega sus tropas en aquellos lugares del norte español donde la llama carlista había prendido en primera instancia.

Por su parte, el Rey Carlos V hace lo propio. Recordemos que desde 1833 se encontraba exiliado por orden de su hermano en Portugal. Como afirma su biógrafo, Antonio Moral Roncal, el pretendiente pasa a Inglaterra en junio de 1834, y de ahí;

“Llegó a Madrid la noticia de que Don Carlos había cruzado la frontera franco-española el 9 de julio y se había presentado a sus fieles carlistas en Navarra”.

Mientras Don Carlos estuviera en el exilio y sus partidarios fueran una mera partida de guerrilleros rurales, el estado estaba tranquilo. Cosa muy diferente fue ya la entrada del pretendiente Carlos V a territorio español para encabezar la insurrección carlista. Ahí la cosa ya cambió. Como afirma nuevamente Moral Roncal;

“A pesar de que Madrid intentó disimular la importancia de su entrada, el trono de Isabel II se tambaleó. Y es que su opción política no pudo ser presentada como un conjunto de partidas guerrilleras, sino como una opción dinástica e ideológica, por lo que comenzó el traslado a los territorios norteños de antiguos generales del rey Fernando, consejeros, magistrados y empleados”.

Entre 1833, con la entrada de Don Carlos, y hasta el  24 de junio de 1835, en que muere el general carlista Tomás de Zumalacárregui, durante el fallido y estéril intento de asedio carlista de la capital Bilbao, la campaña carlista se reduce a las acciones y victorias del citado general, especialmente en la zona vasco-navarra, mas las reducidas acciones del militar y guerrillero carlista Ramón Cabrera en la zona rural del  Maestrazgo, Aragón y Valencia.

La cosa cambiará sustancialmente y dará un vuelco espectacular a partir de ese momento y durante los años 1836 y 1837, cuando se inicia la llamada “época de las expediciones”, la era dorada del primer carlismo y donde se demostró la fuerza real del pretendiente y la amenaza seria que supuso al estado y al sistema liberal.

La primera de ellas fue la conocida Expedición de Miguel Gómez y Damas que, si bien no consiguió conquistar o mantener para la causa carlista durante tiempo ninguna posición, puso en serio jaque por primera vez desde 1833 la estabilidad del sistema liberal y motivó una honda sensación de debilidad, vulnerabilidad y sentimiento real de peligro entre los isabelinos, motivando las primeras grandes movilizaciones en masa en aquellos lugares donde más peligro tuvo la expedición. Por primera vez, el estado liberal sentía que podía perder esta guerra.

Según su biógrafo, el ya conocido Bullón de Mendoza, Miguel Gómez era oriundo del pueblo jienense de Torredonjimeno, y combatió en su Jaén natal a los franceses en la guerra de independencia.

Gómez combate a los liberales hasta 1823, permaneciendo entonces en segunda fila en el ejército real, pero activo en su activismo ultra-realista y ya en 1833-34, como afirma Bullón de Mendoza “fue destituido, al igual que otros muchos, por ser partidario de don Carlos, después de los sucesos de La Granja”. 

De ahí, Gómez pasa a servir con el mítico Zumalacárregui, y a la muerte de éste, se lanza a una expedición particular de desafío al régimen liberal. Como afirma Román Oyarzun;

“Salió Gómez el 26 de junio de 1836, al frente de 4000 hombres, muy bien equipados y armados. Se dice que esta expedición se efectuó obedeciendo indicaciones de Austria, Prusia, Rusia y Cerdeña”.

Entre junio y finales de año, Gómez asoló toda la España liberal de norte a sur. Así lo recoge Caín Somé Laserna;

“Salió desde Álava en dirección hacia Galicia y hasta diciembre la expedición fue dando tumbos, de un lado para otro, siendo perseguido por las tropas liberales. Recorrió en total 4500 kilómetros pasando por 25 provincias”.

La expedición de Gómez causó pánico en Andalucía, especialmente en Jaén. Allí, durante mucho tiempo entre 1836 y 1837, las autoridades liberales estuvieron en pie de alarma permanente y levantaron cuerpos permanentes, primero de milicianos y luego de militares para combatir lo que ya entonces era una amenaza carlista real para el sistema.

Se evidencia en una documentación encontrada en el Archivo Histórico local de Orcera (Jaén), donde se encuentran varios textos de interés. El primero, de la Junta de Armamento y Defensa de la Provincia de Jaén del 5 de octubre de 1836, en plena campaña jienense de Gómez, se afirma;

“Con el objeto de aumentar las fuerzas con que han de contrarrestarse los enemigos del Trono Constitucional y libertades Nacionales y afianzar la paz y la tranquilidad pública, ha adoptado;

Primero, se declaran como Milicianos Nacionales para movilizarse todos los solteros y viudos sin hijos desde la de 17 hasta los 40 años, quienes en su consecuencia serán inmediatamente llamados y convocados.

Los Ayuntamientos lo harán también por estos artículos;

Primero, serán reunidos por su presidente a cabildo espreso, en el que comenzarán  a practicar el alistamiento de los mozos solteros y viudos”.


3) La Expedición Real a las puertas de Madrid

Con el fracaso de la Expedición de Gómez en 1836, y el fracaso del sitio de Bilbao, así como el escaso éxito de las tropas carlistas en el este, el ánimo carlista descendió considerablemente, por lo que el propio Rey Don Carlos V toma la determinación de dar un golpe asombroso de efecto y poner en peligro y en jaque real al estado liberal; organizar su famosa Expedición Real.

La Expedición Real sale en mayo de 1837, dirigida por el propio Rey Don Carlos V que, tras marchar por Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia, penetra para sorpresa de propios y extraños en septiembre por Castilla en dirección, nada menos, que la capital del reino, Madrid. El trono de Isabel II estaba, después de la Expedición de Gómez, en peligro real de caer. 

En Madrid, la alarma y el pánico cunde ante la posibilidad real de un asedio carlista. Un relato de primera mano nos lo ofrece, desde las filas carlistas, el Príncipe Lichnowsky;

“El 12 reanudamos la marcha a las seis de la mañana y, al cabo de tres horas, hicimos nuestra entrada en Arganda, villa bastante considerable, a tres leguas de Madrid. 

La división de Cabrera avanzó sin obstáculos y se apoderó de Vallecas, a una legua de Madrid; dos horas después el Infante montó a caballo y, seguido de un escuadrón, se lanzó al galope hacia la capital. 

En Vaciamadrid y Vallecas había ocho batallones. Nos reunimos con Cabrera en Vallecas y subimos a todo correr a una pequeña colina; entonces pudimos contemplar a nuestros pies el altivo Madrid, silencioso y triste.  Madrid parecía tan abandonado, tan humillado, tan poco defendido que no teníamos más que abrir sus puertas para hacernos dueños de él. 

Algunos escuadrones de Cabrera avanzaron por la carretera hasta unos mil pasos de la puerta de Atocha; se hicieron dueños del puesto de la Aduana, llamado Cadena del Buen Retiro. Todo permanecía tranquilo; la puerta siguió cerrada y la ciudad como envuelta en un profundo sueño”.

Por otro lado, tenemos el testimonio, dentro de la capital, desde las filas liberales de Fernando Fernández de Córdova, Marqués de Mendigorría;

“Pintar la agitación, el desaliento y la conmoción profunda por que pasó esta capital aquellos días sería empresa difícil. Por la Puerta de Alcalá y la de Atocha, entraban multitud de carros que conducían a la Milicia Nacional y a soldados de caballería. La alarma iba en aumento, y todos en realidad, participábamos de ella.

Era ya entonces capitán general de Madrid D. Antonio Quiroga y subí a verle. Le pregunté si era cierto que los carlistas estaban cerca de Madrid (……….).

-Hombre, ¿Cómo quiere usted que se lo diga?, me contestó enojado. No tengo otra caballería. ¡Hoy, añadió con ademán sombrío, entran los carlistas en Madrid!”

Por último, toda una serie de órdenes, comunicaciones y declaraciones de políticos y generales liberales en la Gaceta de Madrid durante agosto y septiembre de 1837, mezcla de llamadas desesperadas a la resistencia, a la movilización y propaganda descarada y casi caricaturesca anti-carlista, que denota el clima de obsesión, miedo y paranoia que vivía la capital.

Fechada en la Gaceta de Madrid el 29 de agosto de 1837 una “Alocución del jefe político de esta Provincia”, firmada por Rafael Pérez;

“Inútiles serán los criminales esfuerzos de los que mal avenidos con la unión de los buenos miran con fiera sonrisa un día de extravío y todavía más importantes esos hombres malvados que siguen el negro pendón del fanatismo. Las hordas estúpidas, con sus caudillos sanguinarios serán pulverizadas por la acción irresistible de un Gobierno enérgico.

Ese príncipe rebelde, vio humillada su loca osadía ante las débiles tapias de una pequeña aldea, y no podrá evitar su derrota, su vergüenza y exterminio”.

Tan claro no lo tenía el Gobierno y la oposición en pleno, como se desprende del Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes del lunes, 11 de septiembre de 1837, que recoge un Real Decreto de la Reina Gobernadora;

“Se declara en estado de guerra el distrito de la capitanía general de Castilla la Nueva, debiendo entrar la autoridad militar en el ejercicio de las facultades que se le confieren “.

Fechada en la Gaceta de Madrid, en Madrid el 12 de septiembre de 1837, una circular de Antonio Quiroga, capitán general de Castilla la Nueva a los habitantes de Madrid;

“Deseando evitar las desgracias en caso de que el enemigo intentara penetrar en esta capital;

Primero, todos los habitantes de esta capital, que no se hallen empleados en la defensa de la misma, se retirarán a sus casas.

Segundo, los contraventores a esta disposición serán considerados perturbadores del orden público y juzgados”.

Incluso pasada la amenaza de la Expedición Real, se continúa con la propaganda anti carlista y la paranoia. Fechada en la Gaceta de Madrid, el 14 de septiembre de 1837, otra alocución del capitán general Quiroga;

“El Pretendiente con las hordas de asesinos que acaudilla ha querido acercarse a la capital, donde acaso pensó encontrar fácil acceso. ¡Qué pueblo puede compararse al de Madrid en el día de ayer  y a su Milicia Nacional!”.

Y, por si quedaba duda de la persistencia del temor al enemigo externo e interno, una última circular en la Gaceta de Madrid del capitán Quiroga el 19 de septiembre de 1837;

“Toda persona que entregue su caballo o armas al enemigo, será fusilado”.

Una capital que, al margen de la retórica, demostraba estar presa del pánico. Del miedo de un enemigo al que cuatro años antes despreciaban por considerarlo un reducto de guerrilleros de monte atrincherados en las lejanas provincias del norte español, y que ahora amenazaban directamente a la capital del estado y al trono mismo de Isabel II.

Un enemigo que alzó líderes militares como Zumalacárregui, al que solo la muerte pudo derrotar, por ser invicto en el campo de batalla. 

Un enemigo que apenas un año antes había visto desarrollar una expedición militar que asoló toda la España liberal de norte a sur sin que nadie pudiera frenarle. 

Un enemigo que en apenas unas horas, asedió y cercó la capital del estado, por la cual, pese a la retórica de las alocuciones oficiales, ni sus más altos generales y defensores daban un duro unas horas antes.

Pero, en definitiva, un enemigo que pudo haber ganado si, como afirmaba el historiador Federico Suárez “en lugar de desperdigar esfuerzos en varias expediciones se hubiera hecho una sola con los contingentes de todas, Madrid hubiera sido tomado y la guerra habría adquirido caracteres distintos”.




Fuentes;

-“Borrador de un oficio remitido por la Junta Gubernativa Provisional de la Provincia de Castilla la Vieja a los comandantes de Voluntarios Realistas relativo a las medidas a adoptar tras el fallecimiento del rey Fernando VII del año 1833”. Archivo Histórico Nacional.

-“El infante Carlos María Isidro; primer rey carlista”. Antonio  Moral Roncal.

-“Biografía de Miguel Gómez”. Alfonso Bullón de Mendoza. Diccionario Biográfico de la R.A.H.

-“Historia del carlismo”. Román Oyarzun.

-“Andalucía carlista. Del mito al logos”. Caín Somé Laserna, en “Andalucía en la historia”.

-Archivo Histórico local de Orcera (Jaén),

-"Recuerdos de la Guerra Carlista (1837-1839)". Príncipe Lichnowsky. 

-“Mis memorias íntimas”. Fernando Fernández de Córdova, Marqués de Mendigorría.

-Gazeta: colección histórica. B.O.E.

-“La crisis política del antiguo régimen en España”. Federico Suárez.

sábado, 29 de marzo de 2025

Los carlistas ante la muerte de Fernando VII

 








Oficio remitido por la Junta Gubernativa Provisional de la Provincia de Castilla la Vieja tras el fallecimiento del rey Fernando VII. 

Archivo Histórico Nacional.

jueves, 27 de marzo de 2025

La Expedición Real

 


"Al cabo de horas continuamos nuestra marcha, pasando el Tajuña, delante de Perales, donde acampó aquella noche el cuartel general. 

El 12 reanudamos la marcha a las seis de la mañana y, al cabo de tres horas, hicimos nuestra entrada en Arganda, villa bastante considerable, a tres leguas de Madrid. 

El entusiasmo con que fuimos recibidos sobrepuja al que vimos hasta entonces. 

Estos momentos quedarán grabados eternamente en mi memoría, aunque no encuentre palabras para describirlos, porque otros recuerdos tristes van unidos con el de este espectáculo encantador. 

Cada uno de nosotros era un nuevo Mesías enviado a este pueblo, que acudía en masa disputándose el honor de alojarnos, de obsequiamos y de servirnos. 

En cada casa se había preparado un festín; en la que me cupo en suerte había cuatro jóvenes que se disputaban el cuidado de agasajarnos; no sé cuál de ellas era más bella. 

A las once entró el Rey en Arganda, llevado, por decirlo así, por el pueblo, más bien que montado en su caballo, a cuyas plantas se arrojaba la turba, cubriendo de besos las manos y los pies del Rey y humedeciéndolos con sus lágrimas de alegría. 

Las plazas y las calles estaban tan henchidas de gente que a duras penas podía abrirse paso. 

La división de Cabrera avanzó sin obstáculos y se apoderó de Vallecas, a una legua de Madrid; dos horas después el Infante montó a caballo y, seguido de un escuadrón, se lanzó al galope hacia la capital. 

En Vaciamadrid y Vallecas había ocho batallones. Nos reunimos con Cabrera en Vallecas y subimos a todo correr a una pequeña colina; entonces pudimos contemplar a nuestros pies el altivo Madrid, silencioso y triste. 

Un grito unánime, parecido al del peregrino que, después de haber errado mucho tiempo por el desierto, divisa al fin la tierra prometida, salió de nuestros pechos. 

Madrid parecía tan abandonado, tan humillado, tan poco defendido que no teníamos más que abrir sus puertas para hacernos dueños de él. 

La división de Forcadell ocupó las alturas, que forman un anfiteatro alrededor de la capital y la dominan. 

Algunos escuadrones de Cabrera avanzaron por la carretera hasta unos mil pasos de la puerta de Atocha; se hicieron dueños del puesto de la Aduana, llamado Cadena del Buen Retiro. Todo permanecía tranquilo; la puerta siguió cerrada y la ciudad como envuelta en un profundo sueño. 

El ambiente puro y en calma embellecía este cuadro grandioso encuadrado por la sierra de Guadarrama, en cuya falda el coloso de El Escorial parecía contemplar al heredero de su augusto fundador. 

De pronto los tejados y terrazas de Madrid se llenaron, no de soldados, sino de pacíficos habitantes de ambos sexos, que nos miraban con curiosidad. 

Los rayos del sol reflejaron millares de puntos brillantes que provenían de los anteojos dirigidos hacia nosotros. 

Después se armó un toldo sobre una terraza del Buen Retiro, Palacio del Emperador Carlos V, y pudimos contemplar una dama vestida de color azul celeste, que, a juzgar por su brillante cortejo, era la viuda de Fernando VII, que estaba mirando a los defensores de su real cuñado. 

Bien pronto la puerta de Alcalá se abrió; seis escuadrones de la guardia real de Isabel II salieron al paso y se colocaron entre nosotros y la ciudad; nos contemplamos tranquilamente durante un cuarto de hora, hasta que un escuadrón de granaderos de Don Carlos avanzó por la carretera aceptando el combate. 

Madrid y nuestro ejército eran espectadores de este duelo. El escuadrón del Turia, que estaba frente a la Aduana, avanzó hacia nuestros granaderos, que fueron arrollados por la violencia del choque. 

No olvidaré jamás a su coronel, que caracoleaba negligentemente delante de sus soldados; su caballo, blanco como la nieve, cayó al suelo y fué hecho prisionero con 16 saldados y un oficial; el resto volvió bridas y la puerta de Atocha fué el refugio de los fugitivos. 

A este pequeño episodio siguió un nuevo armisticio; muchos de los nuestros avanzamos hasta cincuenta pasos de los muros; algunos pepinillos silbaron en el aire, pero aguantamos a pie firme. El enemigo no nos atacaba, nosotros no avanzábamos y las horas transcurrían. 

Detuvimos un correo que enviaba la Reina a Espartero en Alcalá de Henares; una carta autógrafa de la Reina pintaba su miedo y la debilidad de Madrid, donde sólo se contaba para hacernos frente con la Milicia Nacional y seis escuadrones. 

Una turba de espías y de amigos que teníamos en Madrid nos confirmaban estas noticias, y nos participaron la agitación del pueblo, descontento de la Regencia, y el gran námero de realistas que había entre los habitantes. 

Sólo tenían un temor, y era la duda de si Carlos V tenía propósitos severos de castigo o venía con ánimo generoso de perdonar a todos; de si sus soldados entrarían en Madrid como libertadores o como vencedores.

Nada se había hecho: ninguna proclama, ninguna promesa real, que todo el mundo esperaba; ningún indicio de amnistía general venía a tranquilizar los espíritus. 

Si Carlos V hubiera empeñado su real palabra, como primer caballero del reino, nadie, ni los republicanos ni los anarquistas más exaltados, hubiera osado dudar un instante; pero, a pesar de ser una cosa tan importante, no se tuvo en cuenta. El Rey quedó en Arganda; ni siquiera vió su capital. 

Las tropas acamparon delante de Madrid; cada minuto se hacía largo como una hora, y este 12 de septiembre de 1837, que hubiera podido cambiar la faz a la mitad del mundo, tiene un lugar en la historia como ejemplo inaudito de la más amarga decepción. 

Cabrera se asemejaba a un león enfurecido y conjuraba al Infante para que ordenara el asalto sin perder momento y sin comunicarlo al Rey hasta que la villa estuviera tomada. 

Se enviaron ayudantes de campo, uno tras otro, al campo real para obtener un consentimiento tan ardientemente deseado. 

¡Por fin a las ocho de la tarde llegó la orden de retirar todas las avanzadas y de volverse a Arganda!".


"Recuerdos de la Guerra Carlista (1837-1839)". Príncipe Lichnowsky. 


 

“Pintar la agitación, el desaliento y la conmoción profunda por que pasó esta capital aquellos días sería empresa difícil. Por la Puerta de Alcalá y la de Atocha, entraban multitud de carros que conducían a la Milicia Nacional y a soldados de caballería. La alarma iba en aumento, y todos en realidad, participábamos de ella.

Era ya entonces capitán general de Madrid D. Antonio Quiroga y subí a verle. Le pregunté si era cierto que los carlistas estaban cerca de Madrid (……….).

-Hombre, ¿Cómo quiere usted que se lo diga?, me contestó enojado. No tengo otra caballería. ¡Hoy, añadió con ademán sombrío, entran los carlistas en Madrid!”


“Mis memorias íntimas”. Fernando Fernández de Córdova, Marqués de Mendigorría.



"Cuartel Real de Mondéjar, 13 de Septiembre de 1837.

—El 3 salimos de Frías , y dando vuelta a la provincia de Cuenca hasta Tarancón, llegamos el 12 a Arganda, a 4 leguas de Madrid. En el mismo día se adelantó, hasta dar vista a aquella capital, el General Cabrera con los 7000 infantes y 800 caballos. 

Dos escuadrones de la Guardia Real de Madrid, con artillería volante, quisieron cubrir la villa, pero pronto tuvieron que encerrarse en ella, dejando en poder de Cabrera, al coronel comandante de aquella fuerza y otro oficial.

Como al mismo tiempo era preciso proteger la insurrección en masa de la Alcarria, cuyos pueblos se han pronunciado con el mayor entusiasmo por sí solos en favor de la justa causa, desarmando los Milicianos Nacionales, S.M., antes de emprender una operación decisiva sobre los restos del ejército enemigo, y la Capital de la Monarquía, ha venido a esta villa. 

El entusiasmo de todos los pueblos de Castilla la Nueva, es extraordinario".


"Gaceta oficial de Oñate". 

El estado liberal contra la Expedición de Gómez

 








Orden de alistamiento y movilización general de Milicianos Nacionales en Jaén para hacer frente a la Expedición carlista de Miguel Gómez Damas, que tuvo lugar entre junio y diciembre de 1836. 

Archivo Histórico de Orcera (Jaén).

martes, 25 de marzo de 2025

El problema sucesorio

 







-"Memorias". Doña Eulalia de Borbón, infanta de España.

-"Bases documentales del carlismo y de las guerras civiles de los siglos XIX y XX". José Carlos Clemente.